Por: Hugo Jaime Zurek.
Con más de 20 años de experiencia en transformación digital e innovación. Hoy es Gerente General Grupo Punto Aliado de Colombia. Ex VP de Open Finance, Channels & Cybersecurity de Tuya SA. Hugo se ha desempeñado cargos de liderazgo en áreas como transformación digital, business intelligence, estrategia de negocio y marketing.
Colombia avanza, pero no siempre se entiende a sí misma. Esa es, quizás, una de nuestras contradicciones más persistentes: hablamos del país con estadísticas nacionales, desde los centros urbanos, como si el país real terminara donde se acaba la ciudad. Y no. Hay otro país. Uno menos visible, menos escuchado, menos atendido. El país que no conoce el país. El de las regiones, el de los pequeños comercios, el de la economía cotidiana, el de los lugares donde muchos viven y pocos llegan. Es justamente ahí donde debería medirse cualquier transformación seria de cualquier industria.
Para el caso del sistema financiero colombiano, hoy se habla con razón de finanzas abiertas, de interoperabilidad, de modernización, de una nueva etapa para la industria. Y es cierto: Colombia está construyendo capacidades que hace pocos años parecían lejanas. El sistema se mueve, se conecta, se actualiza y beneficia a millones. Es un sistema imperfecto, como todos, pero robusto, cada vez con más sentido social y que compite con el de grandes países al punto de atraer grandes bancos internacionales a este mercado. Pero toda esa conversación corre un riesgo: enamorarse de su propio lenguaje y olvidar la pregunta esencial. ¿Para quién se está transformando el sistema financiero? Porque una industria puede volverse más ágil y más sofisticada sin volverse, necesariamente, más justa. Puede mejorar su tecnología y no cumplir su deber con el país.
Ese deber no está en los auditorios donde se celebra la innovación ni en las cifras que muestran dinamismo. Está en la Colombia que todavía sigue esperando, a pesar de lo difícil que puede resultar, que el sistema la mire de frente. Está en un país donde la informalidad laboral sigue siendo una realidad dominante: a nivel nacional afecta al 55,3% de los ocupados y en centros poblados y rural disperso llega al 83,3%. Ese dato no describe una periferia marginal; describe una parte decisiva del país. Y obliga a no ser complacientes con cualquier relato sobre el progreso financiero.
Porque el problema de Colombia no es solo de acceso a herramientas. Es de desconexión entre el diseño de las industrias que innovan y la vida concreta de millones de ciudadanos. Durante demasiado tiempo, el sistema financiero ha logrado inmensos avances sobre eficiencia y digitalización, pero en sentido estricto en una menor porción sobre inclusión. Ha sido hábil para llegar a los lugares de siempre, pero aún le cuesta entrar en los lugares donde muchos viven y pocos llegan. Y ahí está el punto de fondo: un sistema financiero, cualquiera en el mundo, no demuestra su grandeza cuando perfecciona la experiencia del usuario que ya está adentro, sino cuando decide incorporar al que históricamente ha dejado por fuera.
Eso explica por qué, aunque nuestro sistema financiero es motivo de orgullo, no basta con celebrar la digitalización como si el efectivo ya fuera un rezago del pasado. No lo es. El Banco de la República ha mostrado que el efectivo sigue siendo el medio de pago preferido en Colombia y que en la medición más detallada disponible representó el 78,4% de los pagos habituales por número de transacciones. Esa cifra no habla solo de costumbre. También habla de distancia, de desconfianza, de ausencia de alternativas y de una inclusión que todavía no logra volverse cotidiana.
Por eso conviene que el verdadero indicador de éxito no son las transacciones. No es cuánta plata circula más rápido ni cuántas novedades produce el ecosistema. El verdadero indicador son los colombianos. Cuántos pudieron entrar al crédito formal. Cuántos pequeños negocios dejaron de financiar su supervivencia en condiciones abusivas por la ilegalidad. Cuántas familias encontraron una puerta legítima para crecer sin quedar atrapadas por la urgencia. En 2024, aunque el 96,3% de los adultos tenía al menos un producto financiero, el acceso al crédito formal dentro del sistema apenas llegó al 35,5%. Ahí está la brecha que importa y la cifra que debe convocarnos.
Y cuando esa puerta no se abre, alguien más ocupa el espacio. El gota a gota no crece por accidente. Crece donde el sistema formal llega tarde, llega mal o simplemente no llega. Se alimenta de la necesidad, del apuro y del abandono. Empobrece al ciudadano de a pie, asfixia al pequeño comerciante y termina legitimando una ilegalidad que se mete en la vida diaria con apariencia de solución inmediata. Por eso ampliar el acceso al crédito formal no es solo una meta financiera: es una obligación social, una responsabilidad con las regiones y una manera concreta de disputarle terreno a economías que han hecho negocio de la exclusión.
Colombia sí necesita un sistema financiero moderno. Pero necesita, sobre todo, un sistema financiero que conozca el país al que sirve. Uno que mire más allá de las capitales. Aquel que mire también los territorios donde la necesidad no se presenta en paneles ni en conferencias, sino en la tienda, en la plaza, en el campo, en el rebusque diario. El éxito de esta transformación no estará en la sofisticación del discurso ni en la velocidad de los pagos. Estará en la capacidad de convertir la innovación en acceso, la eficiencia en oportunidad y la modernización en una respuesta real para ese país que durante demasiado tiempo ha vivido lejos de las prioridades de siempre.
Porque al final, la discusión no es tecnológica. Es moral. Y la pregunta de fondo sigue intacta: si el sistema financiero está evolucionando, ¿lo está haciendo para todo el país?