Capitalismo en crisis e internet en rojo

Es mentira que la actual crisis sea producto del “miedo” y “nerviosismo” de los inversores, o efecto de su “peculiar psicología” necesitada de “mercados tranquilos”, de “normalidad social”, circunstancias “no volátiles”, “estables y prometedoras”, etc. No se puede negar que una de las características de la economía mercantil es la de la incertidumbre por cuanto la ausencia de un plan democrático y la supremacía del interés egoísta de una minoría dominante y explotadora hace que los datos económicos sólo sean conocidos después del proceso entero de producción, cuando ya es tarde, cuando se han contabilizado las pérdidas y los beneficios, nunca antes, nunca con anterioridad al desenvolvimiento del proceso. Las palabras técnicas que se emplean para definir esta característica objetiva e insuperable de toda economía sujeta al dictado del mercado, y de forma especialmente cruda y ciega en el capitalismo, hablan de “ex antes”, es decir, planificar antes de poner en marcha el proceso productivo, frente a “ex post”, es decir, esperar ansiosamente al final del proceso para conocer los resultados.

Capitalismo en crisis e internet en rojo

Fuente: www.kaosenlared.net/noticia/capitalismo-crisis-internet-rojo

La presentación de Kaosenlared en Euskal Herria, celebrada el pasado viernes 3 de octubre en Bilbo, mediante un debate colectivo en Zazpi Katu Gastetxea, me ha dado la posibilidad de plantear algunas reflexiones sobre la importancia de Internet en el proceso revolucionario, sobre todo en su importancia clave en el contexto mundial que se está desarrollando bajo las implacables presiones tectónicas de la actual crisis capitalista, que es mucho más que una crisis financiera, y que probablemente va a determinar un cambio de fase en la historia de la acumulación capitalista.

A la vez, las reflexiones que se van a exponer a debate están realizadas no sólo bajo la presión de tales problemas, lo que es innegable, sino también influenciadas por la experiencia vivida en la reciente VII Cumbre Social Por la Unidad de Latinoamérica y el Caribe, durante la cual se realizaron diversos encuentros y debates a cada cual más enriquecedor, desde, obviamente, la situación del capitalismo en la actualidad, los problemas internos en el avance al socialismo en los pueblos insurgentes, el choque irreconciliable entre el ALBA y el ALCA,los planes contrarrevolucionarios y terroristas del imperialismo en la región y a escala mundial, la importancia de las luchas sociales y populares en todas sus formas, desde las culturales e identitarias hasta las no violentas y las pacíficas, etc.; y el entrañable homenaje al Comandante Marulanda, “guerrillero de guerrilleros”, ejemplo vívido de la dialéctica entre lo individual y lo colectivo en la praxis revolucionaria.

VIRTUDES, ERRORES Y PELIGROS DE INTERNET ROJO

No hay duda de que tanto esta VII Cumbre como la floreciente cantidad de encuentros, foros, reuniones y actos internacionales que se están celebrando de unos años a esta parte, tiene mucho que ver con las posibilidades de comunicación concienciadoraabiertas por Internet. Tampoco hay duda de que la proliferación de debates intercontinentales casi a tiempo real y, muy especialmente, la multiplicación exponencial de “libros libres”, textos, ponencias, aportaciones y críticas, producidos y divulgados por y desde colectivos, organizaciones, movimientos, sindicatos, partidos, etc., revolucionarios, de izquierda y radicales, también es debido a las facilidades otorgadas por Internet. Se ha hablado mucho sobre si es pertinente o no la comparación de los efectos concienciadores facilitados por Internet con los que permitió el desarrollo de la imprenta europea a mediados del siglo XV; de igual modo de debate mucho sobre los efectos de Internet en la socialización del conocimiento, en su democratización, en la lucha contra esa peste inhumana de la “propiedad intelectual”, etc.; y por no extendernos, preguntas similares se están haciendo con respecto a otras nuevas o “viejas” tecnologías de la “comunicación” como son, las primeras, la telefonía móvil y los sistemas interactivos, y las radios y las televisiones autoorganizadas popularmente en las segundas.

Un ejemplo del potencial concienciador inserto en el uso revolucionario de las nuevas y viejas tecnologías de eso que llaman comunicación, lo tenemos en la rapidez con la que las izquierdas, desde su amplia variedad, avisamos de la gravedad extrema de la crisis capitalista incluso antes de verano de 2007; en la puntualidad casi diaria con la que las izquierdas revolucionarias hemos seguido el agravamiento de la crisis capitalista en estos meses, forzando a la casta intelectual burguesa y reformista a situarse a la defensiva; en el seguimiento simultáneo de los intentos de reorganización del capitalismo, como el del fracaso de la cumbre de Doha, o de los procesos de coordinación y ascenso del neofascismo y del fascismo, de la extrema derecha militarista y racista, del terrorismo y de la guerra global contra los pueblos y las mujeres; y por ir acabando, a la vez que se hacía y hace todo esto también las izquierdas proponemos alternativas viables, nos autocriticamos e intentamos mejorar las estrategias y las tácticas necesarias para conseguir la emancipación humana.

Pero hemos de evitar cometer tres errores garrafales. El primero consiste en invertir el efecto por la causa, es decir, en creer que la razón de lo arriba visto es la creación de Internet y no la existencia previa de personas aisladas u organizadas en grupos, colectivos, círculos, organizaciones, movimientos o partidos que mal que bien, con heroísmo tenaz, aguantaron siquiera en soledad o en cuadro, e incluso en la clandestinidad, las sucesivas oleadas represivas capitalistas para, sin dejar de trabajar nunca, emerger a la superficie de la realidad–digo “superficie” porque siempre estuvieron dentro de la realidad, aunque en su “fondo”–con muchas dificultades y problemas, pero con la teoría y la experiencia suficientes como para comprender de inmediato las posibilidades concienciadoras que ofrecían los nuevos medios. Fue esta militancia de base preexistente la que forzó luego la explosión concienciadora mediante Internet y otros medios, no a la inversa. Sin estas mujeres y hombres Internet apenas hubiera tenido el efecto concienciador actual, lo mismo que la imprenta no hubiera servido de mucho en este sentido sin la previa existencia de agudas contradicciones sociales de toda índole en la Europa de aquél tiempo.

Comprender este primado de las contradicciones sociales objetivas sobre los desarrollos tecnológicos que nacen a raíz de tales tensiones, es imprescindible para no cometer los otros dos errores siguientes. Uno de ellos, el segundo, consiste en creer que dado que Internet y el resto de medios son los “creadores del pensamiento crítico” basta con reducir nuestra praxis a la sobreproducción de textos para ser colgados en la Red, es decir, abandonar la decisiva y vital praxis revolucionaria entre las gentes, dentro de las masas explotadas, siendo parte de ellas, para recluirnos en la ficción electrónica, en el ciberespacio de la irrealidad virtual, imaginando “teorías” desvinculadas de lo real. Por el contrario, la efectividad de Internet radica en que muchas de las ideas que expande han nacido en la acción colectiva e individual, en la militancia en cualquiera de sus muchas formas de expresión. Otras son teoría elaborada en base a luchas anteriores y otras, por último, son hipótesis a confirmar en el futuro pero siempre por medio de la acción, de la praxis. Parafraseando a Marx: en Internet como en la lucha de clases, vale más un paso adelante, un avance práctico, una conquista sintetizada en un escrito divulgado y propuesto a debate y crítica constructiva en la Red, que cien programas abstractos cuando no abstrusos frutos de otros tantos delirios individuales.

El tercer error garrafal es una conclusión de los dos precedentes y consiste en creer que como Internet es lo primero y está por encima de las contradicciones, por ello mismo no corre riesgo alguno de ser sometido a control, vigilancia y represión por el poder dominante, o muy poco. Dado que previamente se había desechado la existencia de contradicciones, la importancia decisiva de la praxis, la supeditación de Internet a las necesidades de la emancipación, etc., por estos mismos errores ahora se cree que Internet no puede ser objeto de la represión. En realidad ocurre lo contrario, que cuanto más potencial concienciador circula por Internet más peligroso se vuelve para el capitalismo y más riesgos corre. ¿O tenemos que recordar que ya existen páginas webs reprimidas por su alta eficacia revolucionaria, como www.basque-red.net, por ejemplo, una de las primeras en ser clausurada, si no la primera? Una mirada a la prensa muestra cómo se están implementando controles y vigilancias para frenar el uso concienciador de Internet, o para simplemente impedirlo con cualquier argucia. La hipocresía y el cinismo burgués no se detienen ante nada en su necesidad de justificar la represión, y no dudan en poner al mismo nivel la pederastia, el narcotráfico, la prostitución, la delincuencia en general, etc., y sin matizar ahora, con la lucha revolucionaria transustanciada en “terrorismo”, mientras que el terrorismo en cuanto tal, es decir, el imperialismo y la civilización burguesa, es santificado como “intervención humanitaria”.

Lo malo es que estos tres grandes errores, así como otros menores, es que son cometidos en un contexto mundial determinado por la aceleración de la crisis capitalista. No tiene la misma gravedad equivocarse en momentos de reflujo en las luchas, en contextos en los que laexpansión capitalista permite a la burguesía jugar con ventaja haciendo algunas concesiones, que en momento de ascenso de las luchas, de debilidad burguesa que le obliga a endurecer su represión, de agudización de las contradicciones sociales, etc., cuando las condiciones objetivas y subjetivas tienen más posibilidades de fusionarse en la acción. Es por esto que antes de continuar debemos debatir un poco sobre el momento actual.

LA MENTIRA DEL MIEDO Y EL PAPEL DEL ESTADO

Es mentira que la actual crisis sea producto del “miedo” y “nerviosismo” de los inversores, o efecto de su “peculiar psicología” necesitada de “mercados tranquilos”, de “normalidad social”, circunstancias “no volátiles”, “estables y prometedoras”, etc. No se puede negar que una de las características de la economía mercantil es la de la incertidumbre por cuanto la ausencia de un plan democrático y la supremacía del interés egoísta de una minoría dominante y explotadora hace que los datos económicos sólo sean conocidos después del proceso entero de producción, cuando ya es tarde, cuando se han contabilizado las pérdidas y los beneficios, nunca antes, nunca con anterioridad al desenvolvimiento del proceso. Las palabras técnicas que se emplean para definir esta característica objetiva e insuperable de toda economía sujeta al dictado del mercado, y de forma especialmente cruda y ciega en el capitalismo, hablan de “ex antes”, es decir, planificar antes de poner en marcha el proceso productivo, frente a “ex post”, es decir, esperar ansiosamente al final del proceso para conocer los resultados.

El socialismo se caracteriza por aplicar el “ex ante”, la planificación democrática, y el comunismo es la planificación permanente de los productores asociados. Pero el capitalismo se caracteriza por lo contrario, por anteponer la necesidad imperiosa de la máxima ganancia en el mínimo tiempo posible, de cada burgués, de cada monopolio y gran corporación transnacional, sobre el resto de objetivos, lo que le exige desarrollar la máxima explotación y la máxima rentabilidad, y cuando éstas no se pueden lograr por lo que fuera, necesita ciegamente buscar otros recursos, desde la ingeniería financiera especulativa y suicida, la corrupción generalizada y, en caso extremo, la guerra. Pero estas salidas, que son “racionales” en los casos concretos, se transforman dialécticamente en una irracionalidad global, sistémica, que se confirma desastrosamente siempre después de los procesos económicos y cuando se hacen las cuentas, sobre todo después de las crisis parciales y cortas, cuando estallan las crisis sistémicas, cuando las fases u o­ndas de desarrollo giran de dirección.

La burguesía como clase sólo piensa en el “ahora”, nunca en el “luego”, y jamás en los resultados a medio y largo plazo, jamás en el “después del después”. No puede hacerlo porque además de las contradicciones y límites creados por la explotación asalariada, también actúa la competencia y el canibalismo entre los burgueses concretos, que se devoran mutuamente. Ambas contradicciones insuperables le exigen, como clase social, lanzarse al océano sin salvavidas, sin plan ni previsiónalguna, esperando flotar a costa de la humanidad trabajadora y de las fracciones burguesas débiles y cansadas que se ahogan en cada crisis. Sale victoriosa la fracción que logra nadar hasta el puerto de la siguiente fase expansiva del capitalismo, agarrándose a los cadáveres de los demás, sobre todo de las masas trabajadoras, una vez que podridos por la larga duración del temporal, de la crisis, emergen hinchados a la superficie.

Pero que la clase burguesa no pueda pensar como clase, como conjunto de relaciones sociales atadas al máximo beneficio individual, no pueda pensar en el “luego”, en el “ex post”, esta impotencia no significa que no existan pequeños sectores que sí intentan hacerlo dentro de sus limitaciones insuperables. Básicamente, hay tres sectores que lo intentan: el que defiende proyectos socioeconómicos llamados “clásicos”, que giran alrededor de las tesis de A. Smit y D. Ricardo, que se fían solamente en el mercado y que minimizan la importancia del Estado, reduciéndolo a su papel represor, militar e ideológico; la que defiende la postura anterior pero llevándola al extremo absoluto, al sálvese el que pueda, o escuela “neo clásica”, o de los “economistas vulgares” como los llamó Marx, pero que también defienden la necesidad del Estado como centralizador estratégico y frecuentemente táctico del terror y de la guerra, corriente que ahora toma cuerpo en el neoliberalismo más inhumano. Por último, está el modelo keynesiano, que opta por la intervención autoritaria y proburguesa del Estado para motivar la producción con inversiones y ayudas, y engañar a las clases trabajadoras. Ninguna de las tres corrientes, que se multidividen en una jungla de tendencias puras y mixtas, reniega del vital papel del Estado de la clase burguesa, al contrario, tanto en silencio como a gritos piden, exigen y logran que esta máquina de opresión intervenga de mil modos en beneficio de sus negocios.

Pues bien, uno de los objetivos del Estado es el de garantizar que las contradicciones internas del capitalismo no multipliquen las incertidumbres inherentes al mercado, es decir, asegurar la mayor tranquilidad posible a los inversores burgueses. El miedo de éstos no rige la economía en su conjunto ni a largo plazo, sino que es producido por las tensiones internas del sistema, de modo que al aumentar éstas se produce un incremento del miedo, que tiende a desaparecer dando paso a la esperanza y luego a la euforia conforme se estabiliza el sistema y se reinicia la fase expansiva. Las medidas socioeconómicas, políticas y culturales, todas ellas con un contenido interno antiobrero, facilitan dicha recuperación y con ella la vuelta de la confianza burguesa, que empezará a declinar sólo después de que sean innegables los síntomas de una nueva crisis. Según el capitalismo va quemando estrategias y tácticas para salir de cada crisis sistémica, los elementos pensantes de la burguesía como clase han de idear nuevas alternativas para responder a los nuevos problemas. Como veremos, lo que ahora sucedees que se está acabando la efectividad de las estrategias impuestas desde comienzos de la década de 1970, en respuesta al agotamiento definitivo de la fase expansiva posterior a 1945.

Las masivas inyecciones de capital que están realizando los Estados en la actualidad, no es en modo alguno contradictorio con la naturaleza y función histórica de este aparato en el capitalismo, sino al contrario. Lo que ocurre es que por diversas razones, la izquierda ha ido perdiendo capacidad de crítica teórica e implantación política y cultural, a la vez que las tonterías reformistas e interclasistas han calado con la ayuda de la presión de la propaganda burguesa. El mito neoliberal de que había desaparecido el Estado desplazado por las llamadas “instituciones globales”, ha permitido ocultar la permanente acción subterránea e invisible en la propaganda, pero con efectos dramáticos sobre las condiciones de vida y trabajo de las clases y pueblos explotados. Durante las últimas décadas, la burguesía neoliberal no ha tenido ningún problema en “contradecirse” totalmente al decir que su Estado había “desaparecido” pero, a la vez, imponer un intervencionismo aplastante en dos grandes niveles: el de la privatización gracias al Estado de todos los gastos sociales y áreas públicas,y el del “keynesianismo militar” masivo inseparable del “keynesianismo tecnocientífico”. La acción estatal conocida y oficial, o silenciada y subterránea ha sido una característica permanente del neoliberalismo, y ahora lo único que ocurre es que sale ha masificado su intervencionismo pero sin pretender ocultarlo.

DEFINICION Y NIVELES DE LA CRISIS CAPITALISTA

Pero antes de seguir, y para aclararnos sobre qué entendemos por “crisis”, debemos decir algunas cosas sobre esta palabra ya que, como siempre, abusar de ella es la mejor forma de quitarle su potencia científico-crítica. De entrada hay que decir que la posibilidad de la “crisis” es permanente en el capitalismo por la simple razónde que este modo de producción se basa, a diferencia de todos los anteriores, en la producción generalizada de mercancías y en el hecho de que una mercancía muy especial, el dinero, tiene una contradicción irresoluble consistente en que, por un lado, es el equivalente universal y unidad de valor, y por otro lado, como hemos dicho, es una mercancía. O sea, por un lado, sirve para medir al resto de mercancías pero, a la vez y de forma antagónica, está fuera de ellas, es decir, quien posee dinero puede comprar o no comprar mercancías, pero que no posee dinero y sí mercancías, debe esperar que alguien se las compre. Si el poseedor de dinero no quiere comprar, el poseedor sólo de mercancías entra en crisis, y cuando este choque se generaliza la crisis individual se hace crisis general. Intentando solucionar esta contradicción, la burguesía ha recurrido a los préstamos, a los adelantos de dinero que se presta al que no lo tiene, al capital financiero en suma. Esta solución puede ser efectiva durante un determinado período pero tarde o temprano pierde eficacia reapareciendo la cruda contradicción descrita.

Lo segundo que tenemos que decir es que existen crisis diferentes según surjan de las dificultades propias del capital financiero, del industrial y del comercial, con sus interacciones correspondientes. Lo tercero que hay que decir es que existen crisis periódicas menores o pequeñas, que estallan aproximadamente cada 8 o 10 años, habiéndose dado casos de 11 años de expansión sin crisis menores. Estas crisis fueron “descubiertas” en la época de Marx y expresan simplemente las limitaciones de las fases cortas de la acumulación de capital. Lo cuarto que hay que decir es que existen otras crisis más profundas y demoledoras, las crisis sistémicas, o estructurales, o “grandes crisis”, o como quiera denominárselas, que se forman al confluir las diversas crisis menores y parciales absorbiéndolas como los grandes ríos nacen de los pequeños torrentes, o como las tempestades y huracanes aparecen cuando interactúan pequeños cambios que dan cuerpo a una realidad nueva, aterradora porque tiene una cualidad destructiva superior a la simple suma de sus partes iniciales.

Lo quinto es que las crisis son también los momentos de autodepuración del capitalismo para salvarse a sí mismo mediante el canibalismo interno, la destrucción de fuerzas productivas obsoletas y ruinosas, y la derrota más o menos brutal y duradera del movimiento obrero y de las organizaciones revolucionarias, lo que explica la importancia extrema que adquiere la conciencia teórica y políticamente formada, la subjetividad revolucionaria organizada como fuerza objetiva y material actuales precisamente para evitar que el capitalismo use la crisis para sanarse y curarse con el sacrificio de las clases trabajadoras. Este punto es crucial y volveremos a él más adelante al insistir en la presencia activa de la lucha de las clases, de los pueblos y de las mujeres en la interacción de factores desencadenantes de las crisis sistémicas. Porque las crisis también pueden sanar a la bestia burguesa a costa de empeorar y posponer los problemas estructurales, por eso mismo es tan importante la praxis revolucionaria en los momentos críticos, cuando hay que optar por una u otra salida irreconciliables mutuamente.

Por último, en sexto lugar, hay que decir que desde la década de los ’70 del siglo XX, existe una “crisis” del capitalismo más desarrollado, estadounidense y canadiense, europeo, y japonés y australiano, consistente en el lento retroceso de la tasa media de ganancia por lacaída de la rentabilidad del capital industrial, de la producción de bienes de producción o “sector I”, es decir de las mercancías vitales para crear nuevas fábricas, infraestructuras, grandes instalaciones, etc., o sea el corazón del capitalismo a largo plazo. Las medidas tomadas desde entonces para recuperar los beneficios han logrado, a partir de los ’80 y ’90, aumentar la tasa media de ganancia pero no han logrado garantizar la acumulación ampliada, es decir, que una parte sustancial de esos beneficios, de esas ganancias, se reinvierta en la industria, vuelva al capital industrial para poner otra vez en marcha una o­nda expansiva de larga duración. Es cierto que puntualmente y en determinados países ha habido repuntes y recuperaciones más o menos intensas pero es más cierto aún que han resultado incapaces para reactivar todo el capitalismo mundial de manera prolongada.

La espectacularidad de los famosos “dragones asiáticos” en los ’90, el “milagro argentino” a finales de esa década, el mito de la “nueva economía” posterior, de la “economía de lo inmaterial”, etc., el impresionante crecimiento chino e hindú, así como la ingeniería financiera y la doble y triple contabilidad, todo esto que parecía demostrar que por fin se había acabado con la crisis sistémica de finales de los ’60 y comienzos de los ’70, ha demostrado ser simple espuma de champán, sin negar su realidad cierta pero pasada. Siendo cierto que el capitalismo mundial logró entre 2003 y 2006 la tasa de crecimiento más alta desde los ’70, un 5%, no es menos cierto todo ello ha empezado a tambalearse definitivamente como un castillo de naipes desde verano de 2007. Sin embargo, hay que decir que ya en septiembre de 2007 la OCDE afirmó que la economía mundial había empezado a desacelerarse antes de la crisis financiera en agosto. Es decir, la OCDE reconocía implícitamente la corrección de la teoría marxista de la crisis capitalista que sostiene que en la base, en las raíces, de los problemas económicos siempre está de algún modo u otro la tendencia a la baja de la tasa media de beneficios. Además de esto, el reconocimiento de la OCDE sirve para tomar conciencia de la gravedad estructural de la situación actual porque reafirma que no se trata de una mera y pasajera crisis bursátil y financiera, sino de producción de acumulación.

Ahora mismo economías decisivas de la UE están ya en recesión, como la inglesa, la francesa, la italiana, y la alemana tocada, y otras “menores” como la islandesa, la irlandesa, etc., también están en muy serios aprietos, y la del Estado español se enfrenta al abismo con unos bancos que deben a la banca internacional la friolera demás de 100.000 millones de euros y con unos pasivos que superan en un 40% a sus activos, entre otros muchos problemas agudos. Pero además de esto, la crisis ha sacado a la superficie las fuertes tensiones que siguen existiendo entre los Estados de la UE porque, hasta ahora, ninguno ha logrado imponerse de modo incontestable como la potencia hegemónica, como hemos analizado en otro texto reciente sobre la evolución y crisis de la UE. Ahora mismo los EEUU, que han sido decisivos para absorber mediante un consumo suicida buena parte de los excedentes de mercancías internacionales, están entrando en una crisis productiva superior a la crisis financiera, con muy serios problemas internos: por ejemplo, la crisis de fondos públicos está ya acogotando al Estado de California, el más productivo y rico de la Unión, además de a otros, mientras crece el paro y los despidos, la pobreza y el malestar social, y la burguesía yanqui empieza a desplegar fuerzas militares para mantener el orden. Ahora mismo, el capitalismo latinoamericano, que parecía resistir mal que bien ya ha empezado a retroceder. Ahora mismo, Japón está de nuevo arrastrándose por el suelo, y China Popular está ya retrocediendo en sus tasas de crecimiento, con una caída en ramas exportadoras decisivas para su crecimiento, como la textil, por ejemplo. Dada la mundialización de la ley del valor y la interpenetración financiero-industrial–nada menos que 300.000 ingleses no pueden acceder a sus ahorros por la nacionalización de los bancos islandeses–a escala planetaria, todo indica que la crisis se contagiará más temprano que tarde a otras economías como la de India, la de Brasil, etc., y debilitará aún más a la china. El 10 de octubre de 2008, el FMI advirtió que el mundo se encontraba al “borde de la recesión”.

TEORIA MARXISTA DE LA CRISIS

Para entender las razones de fondo de esta debacle que ha destrozado los mitos burgueses, hay que recurrir a la teoría marxista de la crisis en la que interaccionan cuatro desencadenantes: uno, la caída de los beneficios empresariales, especialmente en la industria o “sector I”; dos, y como efecto de lo anterior, la sobreacumulación de capitales que no se invierten en la industria porque no rinde los suficientes beneficios, y que por tanto buscan otros espacios en los que recuperarse, especialmente en el “sector II”, o el de producción de bienes de consumo, y en los servicios, que van creciendo para intentar desatascar los tapones que aparecen cada vez más por todas partes; tres y como efecto de lo anterior, aumenta la desproporción entre este sector de producción de bienes de producción, y el sector de consumo o “sector II”, ya que éste segundo empieza por un tiempo a producir grandes beneficios que sin embargo no pueden volver a la industrial, al “sector I”, por su baja rentabilidad, con lo que han de buscar otra salida, que no es sino el globo financiero; y, cuarto, y como efecto de lo anterior se empiezan a restringir los salarios, a comprar menos máquinas, a expulsar trabajadores, lo que determina la caída del consumo de masas, el aumento de las mercancías sin vender, el aumento de la morosidad y de las deudas, acelerándose la espiral de nuevos cierres de empresas, de más despidos masivos con el subsiguiente desplome del consumo de masas, etc.

Dependiendo de países, circunstancias e historias particulares, una de estas causas impacta más que las otras en cada situación, pero las cuatro terminan confluyendo bajo la presión a largo plazo de la primera, la ley tendencial de la caída de la tasa media de ganancia. Aquí tenemos que volver a recordar el informe de la OCDE de septiembre de 2007, ya citado arriba, en el que esta institución capitalista internacional reconocía que el deterioro productivo había empezado con anterioridad a la crisis de las hipotecas de agosto de ese año. Esta realidad ha sido confirmada por la historia capitalista siempre que es ésta es analizada a mediolargo plazo, y sin las obnubilaciones ideológicas y trampas contablescreadas para negar la explotación asalariada y la corrección científico-critica de la teoría de la plusvalía. Más aún, conforme la burguesía empezó a intuir con desazón y angustia que realmente existía una tendencia a la baja en el beneficio, comenzó a buscar sustitutos que le permitieran obtener beneficios por otro lado, además de endurecer la explotación social en la medida de lo posible.

Marx ya criticó esas alternativas destinadas a revertir la tendencia a la caída de las ganancias, pero ahora sólo podemos centrarnos en dos grandes métodos: uno es el de la financierización, que si bien empieza ayudando con préstamos a la industria y al consumo, conforme se agudiza la crisis deriva rápidamente hacia la ingeniería financiera lanzada ciega y ansiosamente a crear toda serie de formas de enriquecimiento fácil e instantáneo, trampas especulativas y de altísimo riesgo, bonos basura, acciones infectadas, etc., que absorben los excedentes de capital y se lanzan a la “economía de casino”, de “la ruleta rusa”, un globo financiero que como el inmobiliario siempre termina estallando. La financierización ha creado capital ficticio, “dinero electrónico”, que no existe en la realidad pese a que aparentaba sostener unas ganancias ficticias que tampoco existían. El otro método es el de la militarización, el “keynesianismo militar”, una nueva rama de producción que fabrica medios de destrucción, mercancías cuyo valor de uso es aterrorizar, matar y devastar, o sea, el “sector III”, y que va muy unido al poder incontrolable del capital financiero-industrial controlador de la tecnociencia y de buena parte de la “economía sumergida” mediante sus ramificaciones con el tráfico de armas y el narcocapitalismo.

Hay que decir a la vez, simultáneamente, que en todos y cada uno de estos detonantes, en su accionar, siempre está presente la lucha de clase en cualquiera de sus formas, la lucha entre la burguesía como clase social que vive de la explotación de la fuerza de trabajo humana, y la humanidad trabajadora como clase social que malvive sólo de la venta de su fuerza de trabajo. Esta lucha de clases adquiere múltiples formas que básicamente podemos sintetizar en tres: la lucha de la clase trabajadora contra la burguesía, la lucha de las naciones oprimidas contra el imperialismo y la lucha de las mujeres contra el sistema patriarco-burgués. Por ejemplo, es clara la relación entre la efectividad de las luchas obreras y populares en los ’60 y la crisis capitalista a finales de esa década; es clara la relación entre la derrota militar de los EEUU en Viet Nam y su crisis monetaria de esos años, además de las luchas sociales internas en dicho país; del mismo modo que es innegable el efecto de las resistencias iraquíes, palestinas, afganas, latinoamericanas y de otros pueblos en la actualidad y las dificultades en ascenso del imperialismo. También hay que insistir en que dentro de estas luchas actúan a su vez otras reivindicaciones, muy especialmente la ecosocialista, además de otras en las que no podemos extendernos.

La unidad dialéctica entre lucha de clases y contradicciones económicas es la que explica que, al final, las crisis sistémicas del modo de producción capitalista sean la síntesis de crisis de excedente de mercancías que no pueden venderse y crisis de excedente de capitales que no pueden invertirse, es decir, crisis de sobreproducción y crisis de sobreacumulación. En los últimos años, el capitalismo ha procedido a romper y destrozar todas las regulaciones impuestas a la libre circulación de capitales excedentarios buscando quitar pus al grano, sin darse cuenta que es todo el capitalismo el que está engangrenado. Desde hace años, los marxistas venían advirtiendo que el capitalismo navegaba a la deriva en un océano de deudas, océano que no sólo aumentaba de tamaño sino también en huracanes y en la intensidad de éstos. La burguesía se lanzó a la desesperada a maximizar la financierización vacía y hueca, sin reservas materiales que la sustentase, reduciendo la producción industrial que se concentraba en los mal llamados “países emergentes”. Pero la “economía de papel” no podía durar mucho tiempo y al final, como al jugador a la ruleta rusa, el percutor ha dado en el cartucho disparando la crisis.

Se discute mucho sobre si los momentos actuales son esencialmente idénticos a los de la Gran Crisis de 1929 y especialmente si se puede ahondar la debacle hasta llegar a la situación de 1931. Un debate así es interesante y enriquecedor pero, por un lado, no es vital en el sentido estricto de la palabra porque hay situaciones nuevas ahora que no existían entonces, aunque sí es vital en el decisivo asunto del salto de la posibilidad a la probabilidad de una nueva guerra mundial, teniendo en cuenta que la raíz de la guerra mundial de 1939-45, según la cronología eurocéntrica, está más en 1931 que en 1929. Pero vayamos con orden. Hay una identidad de fondo que demuestra la extrema gravedad del momento, y es que ahora como entonces los bancos se quedan para sanear sus crisis todas las ayudas que reciben, sin sacar al mercado de los préstamos, es decir para ayudar a reactivar la consumo y con el la producción, sino buscando antes que nada salvarse cada uno antes que los demás.

Entonces pasó lo mismo, con la diferencia de que entonces los Estado inyectaron proporcionalmente menos capitales. Quiere esto decir que desde agosto de 2007 hasta ahora el canibalismo burgués no ha cejado, sino que ha aumentado, con la gravedad añadida de que, según se ha confirmado en los EEUU, grandes directivos de bancos ya triturados por la crisis han dedicado parte de las ayudas estatales a seguir con su forma de vida lujosa y escandalosa. Entonces, la falta de préstamos para reactivar el consumo y la producción–una de las aportaciones de Keynes pero también de otros economistas–terminó estrangulando la producción con el hundimiento de la economía; ahora, todos los datos indican que la producción ya se está hundiendo aunque todavía no ha llegado al nivel de la catástrofe desencadenada por la crisis de octubre de 1929.

Pero hay que decir que el capitalismo actual tiene cinco diferencias con respecto al de 1929, aun siendo el mismo modo de producción capitalista basado en la explotación asalariadas para obtener el máximo beneficio privado mediante la venta de cuantas más mercancías mejor. La primera diferencia es que ahora el capitalismo tiene un nivel de integración mundial, de mundialización de la ley del valor y del mercado, de interpenetración de los capitales financieros e industriales a escala planetaria, que no existía en 1929. Semejante realidad es tan incuestionable que no vamos a extendernos ahora en ella. La segunda diferencia es que ahora el dominio capitalista mundial no se enfrenta a ningún enemigo irreconciliable de la talla que entonces todavía aparentaba serlo la URSS; China Popular no es un enemigo del capitalismo, al contrario, es una pieza clave en el mantenimiento de la cada vez más precaria inestabilidad mundial. Si bien el nivel de contestación al imperialismo está creciendo y si bien, dentro del capitalismo hegemónico, existe una clara tendencia a la agudización de los conflictos, con la correspondiente reacción neofascista y fascista, siendo esto cierto, no se puede decir que las fuerzas revolucionarias actuales hayan llegado al nivel de las existentes en aquellos años.

La tercera diferencia es que ahora el capitalismo tiene mucha más experiencia estatal e interestatal para buscar soluciones que descarguen toda la crisis sobre la humanidad trabajadora y sobre algunos pocos burgueses individuales, muy pocos, además de contar con instituciones internacionales fieles y leales que entonces no existían. Las casi inconcebibles sumas de capitales expresados en dólares, euros y otras monedas que los Estados están echando al agujero negro de la crisis para evitar que del salto e crisis financiera a crisis sistémica, ejemplariza lo dicho. Semejante intervencionismo estatal habría sido impensable pocos meses antes de verano de 2007, cuando estalló la burbuja de los “préstamos subprime”, por el dominio absoluto de los dogmas estúpidos del neoliberalismo. Tras los gastos estatales de ese verano empezaron a verse los cambios de chaqueta ideológica de muchos burgueses, sabedores del volcán que retumbaba bajo sus cuentas de resultados.

La cuarta diferencia es que ahora los EEUU tienen un poder a escala mundial muy superior al que tenían entonces, que ya era considerable pero sin comparación al que todavía conservan hoy. Es cierto que la decadencia económica yanqui se aprecia año a año, pero aún así tienen en sus manos bazas que entonces no tenían como el poder que todavía conserva el dólar, la dependencia de muchos Estados asiáticos y árabes hacia el mercado yanqui y hacia los petrodólares, además de otros continentes, que mantienen inversiones en los bonos del Tesoro yanqui así como otras formas de interdependencia. Especial papel han de jugar aquí las decisiones que tome China Popular. Por otra parte, en los últimos tiempos los EEUU han tomado medidas muy duras para reactivar el dólar y acortar las distancias con respecto al euro, lo que le ha permitido recuperarse al menos hasta las últimas semanas.

La quinta y última diferencia es que el grueso de la burguesía como clase sabe que una nueva guerra mundial supondría la extinción de casi todas las formas de vida en la tierra, sobre todo de las denominadas “superiores”, entre ellas la de la especie animal humana. Exceptuando a un pequeño pero peligrosísimo grupito de irracionales y fanáticos fundamentalistas cristianos, los criminales que giran alrededor del Clan Bush y otros grupos yanquis, los sectores decididamente belicistas son hoy menores que en 1939 e infinitamente menores que en 1914. Debemos apresurarnos a decir que, sin embargo, esta constatación no supone ningún alivio, menos aún una seguridad, y que puede llegar a ser suicida para la especie humana fiarse de ella. De hecho y como prueba de que hay que ejercitar la más radical y crítica desconfianza hacia todo lo burgués, especialmente hacia su “instinto” terrorista, tenemos la noticia no desmentida oficialmente, pero tampoco confirmada del todo, de que los EEUU usaron una bomba nuclear “media” en su invasión de Irak de 1991.

Teniendo en cuenta estas cinco diferencias podemos comprender por qué todos los Estados representados en el Comité Monetario y Financiero del FMI, es decir, prácticamente los 185 miembros de este poder imperialista, han aceptado tanto el método de resolución de la crisis impuesto por los EEUU, Gran Bretaña y la UE, como las casi incomprensibles sumas malgastadas en salvar a la banca–por ejemplo, y tras todo lo visto anteriormente, los 44.000 millones de euros que el Estado británico ha decidido dilapidar en salvar a sus cuatro mayores bancos–a costa de sacrificios posteriores de la humanidad trabajadora casi imposibles de imaginar en estos momentos, pero que serán reales dentro de poco tiempo. En 1929 esta decisión colectiva hubiera sido imposible, al margen del tiempo que pueda durar tal unidad de criterio.

Sin entrar ahora en matices, lo que se está produciendo es que la burguesía y el reformismo de y en los países que no padecen todavía la crisis financiera y productiva con la gravedad extrema que ya afecta a otros Estados, están de acuerdo en asumir un grado de sacrificio–que lo pagarán sus clases trabajadoras–para salvar en lo posible de la debacle a economías estructuralmente deudoras, deficitarias, hipotecadas hasta sus cimientos y carentes de recursos para pagar sus deudas. Por ejemplo, y citando sólo las más asfixiadas, burguesías como la norteamericana, la británica, la australiana, la española y otras, necesitan ya mismo de esa ayuda. Pero se trata, y hay que decirlo todo, también de un chantaje al resto, una especie de amenaza en el sentido de que si no reciben ese apoyo de alguna forma pueden romper los fondos del bote salvavidas, más correcto decir de la balsa construida con los restos del naufragio causado por el temporal que crece, de modo que no se salve nadie, que todos vayan a pique. Esta y no otra es la advertencia explícita del FMI, de los EEUU y de Gran Bretaña: o nos salvamos mal que bien todos, con el agua al cuello y casi ahogados, o todos nos hundimos en lo más profundo de la recesión ¿o de la depresión

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